Invierno, bicicleta urbana. Marzo 2012   Leave a comment

Desde final de verano he andado peleado con una fascitis plantar que me ha tenido un poco fastidiado. ¡Qué bueno debe de ser eso para mis nervios! Una cosa es salir apenas, incluso hacer poco deporte por diversas circunstancias, otra cosa es no poder hacer nada cuando te mueres de ganas de hacerlo y saber que la única solución pasa por el reposo. Menos mal de los de Podoactiva que con sus maravillosas plantillas me han puesto otra vez en marcha. Eso al menos ha significado la vuelta a las carreras por la ribera del Ebro y por el Parque del Agua, y recuperar a un par de amigos de anteriores correrías con los que siempre me he divertido trotando.

Pero la novedad ha estado en la bicicleta. Peleado con el coche, obligado a aparcar en zonas imposibles, he recuperado al “Halcón milenario”, cosecha del 92, y me he lanzado a la cicloduría urbana con una pasión que me tiene asombrado y completamente enganchado. Llego a todas partes en un momento, eso sí, con sudores, lo cual obliga a la estrategia de llevar algún repuesto en forma de camiseta o similar. Cualquier excusa es buena para devorar kilómetros de carril bici o ciclar por la calzada siempre un poco prevenido de los coches que rugen por todas partes y de los peatones que no son transparentes y sí impredecibles.

Casco, una luz para que te vean, y a darle. La otra cosa la da la cámara del teléfono y la posibilidad de capturar el momento con tanta facilidad. Me sorprenden los resultados del aparato. Ir a trabajar en la bici se ha convertido en rutina, incluso con este frío del demonio que nos ha llegado a mitad de febrero desde Siberia, Groenlandia o el Polo Norte. Ir hacia el Oeste es ir contra el viento. La ribera del Ebro no es llana en contra de lo que pudiera parecer. Atravesar el cruce del Puente de Santiago es una ruina. Aparcar en las aceras es un acto de fe y de confianza en el ser humano. Llevar mochila es una obligación. Pero lo cierto es que me lo paso como un enano, y seguiré devorando kilómetros de acera, carril bici, calzada o pista.

He encontrado estas palabras y me han gustado. Palabras referidas al esfuerzo silencioso de los ciclistas y a esa lucha interior que consigue volver tan gratificantes a las horas de pedaleo, incluso en un día de lluvia.

 Viento que azota, que mece, que empuja,

viento…

pedaleo, pedaleo, pedaleo.

Sol, pedaleo.

Cielo, energía, lucha,… pedaleo.

Agua que fluye, que acompaña, que guía.

Agua encrespada y activa.

Aire que te penetra y enfría…

Inspira hasta el fondo y… espira.

Pedaleo, sólo pedaleo y el viento me lleva,…

el viento me frena.

El viento me reta…

Esto de la bici es todo un descubrimiento. Y como dicen los eruditos, Si vas en bici, eres listo.

Publicado 4 marzo, 2012 por luissroig en Bicicleta de montaña, Excursiones, Paisaje

Cascada helada en el Barranco del Grau (Bujaruelo). Febrero 2012   4 comments

Se me ha hecho tarde para salir pero la carretera casi siempre tiene en mí un efecto relajador, sobre todo cuando viajo sólo y me puedo olvidar de todo y dejo que mi cabeza vague a su antojo con las últimas cosa que me han ocurrido o con las que tengo ganas de que me pasen. Por si fuera poco, ahora, en las obras de Monrepós encuentro un tapón inoportuno que todavía me va a retrasar más la preparación de la mochila. Pero yo voy con lo mío puesto, y la compañía de la música que hoy, en forma de Blues, me parece de lo más estimulante.

Alberto me ha convencido, sin apenas insistir, de que ya es hora de que vuelva a darle unos mamporros al hielo y me encarame por una de esas cascadas que nos ha dejado como regalo esta ola de frío. Me siento un poco sobrecogido pues hace años que no me subo a ninguna rampa de hielo. En este valle además ocurrió el nefasto accidente de Javier Lasala, un buen amigo cuyo recuerdo vive intermitente entre nosotros. Ricardo tiene trabajo con un cliente por Punta Escarra y no puede venir.

Durante el viaje me voy mentalizando de lo que me va a tocar hacer. Recordando trucos y técnicas que hagan más descansada y segura una actividad que se desarrolla en un medio cambiante, precioso pero con doble cara, y no siempre amable. Cuando llego a casa la temperatura es de 8ºC en su interior, 2ºC en la calle. Vaya ruina de frío. Me instalo, preparo la cena y me tomo una cerveza. En poco rato el suelo está lleno de material duro, metálico. La familiar melodía musical que conlleva su manipulación me seduce. Abro otra cerveza mientras voy llenando la mochila. El reloj corre, sin embargo me muevo despacio. El frío de la casa y la parsimonia con la que me gusta disfrutar de estos momentos no me dejan ir más deprisa. Ajustando los crampones a las botas me pincho con uno de ellos y me sangra un dedo. Son casi las 2AM cuando me escondo debajo del edredón de plumas maldiciendo la cena que aún no asimilo.

         

7:30, llego a Torla. Con una lima me pongo a afiliar las herramientas. Sopeso la pegada y visualizo movimientos que tendré que repetir dentro de un rato. Llega Alberto, abrazos, selección de material, mis tornillos son de la edad de piedra y se quedan en el coche. Quietud y silencio en el valle. Huele a heno, a vaca, a frío, a seco. Olores desterrados de otros lugares que buscan en el esquí su principal activo económico. Apenas hay humedad en el ambiente.

Bujaruelo es un valle flipante. Encajonado, vertical. Una foz que perforada por el río Ara encierra uno de los parajes más bonitos del Pirineo, sobre todo ahora a salvo de la sobrecarga del turismo estival. Es también una lección de geología y de botánica. Elementos puros que siempre me ha gustado interpretar. Con los prismáticos estudiamos las condiciones. Se ve agua en los torrente helados y eso no nos convence. Pero llegados aquí…

Vestidos con las ropas del frio y cargados con los trastos seguimos la senda de aproximación que en 15 minutos nos deja en el barranco del Grau. Un lujo.

         

Paramos en el primer resalte, y nos colocamos los elementos de seguridad, arnés, casco; y de protección, tornillos, mosquetones, cintas y cuerda; y de progresión, pinchos diversos.

Alberto sale ligero y confiado. Tal y como actúa alguien que tiene plena confianza en lo que hace. ¡Reunión!, grito de quebrantahuesos, no le ha costado nada llegar. Mi turno.

Crunch, chranch, crunch. Ssssssuck, otra vez, plank. Ahora sí. Poco a poco recuerdo gestos familiares antaño. Busco ahorrar energías. Me canso sacando los seguros porque todavía peco de pardillo. Poco a poco, poco a poco refresco la técnica para no cansarme, apoyar sin golpear demasiado, talones horizontales, apuntar bien con el piolet, apoyar, ganchear, golpes secos.

      

Seguimos hasta que en el tercer escalón el agua líquida se deja ver demasiado. El murmullo que la delata circulando por debajo de nosotros es demasiado inquietante, y en las zonas horizontales se forman pequeños charcos que mojan las cuerdas más de la cuenta. Hora de retirarse no vaya a ser que la liemos. Lástima, otra vez será, porque los 600 metros que completarían la cascada son fabulosos cuando reúnen condiciones.

Con los chulo que es esto, me pregunto, ¿porqué no lo hago más?

Publicado 2 marzo, 2012 por luissroig en Alta montaña, Escalada

Otoño en el Betato (Valle de Tena). Octubre 2011   2 comments

Salida otoñal. La echaba en falta. Seguir la pista de Piedrafita… entrar en el Betato y sentir ese olor inconfundible de la hayas, de hojas y madera, a pesar de la sequía inusual de la segunda parte del verano y de lo que llevamos de otoño.

Me voy acostumbrando a salir poco al monte, no me hace mucha gracia, pero es así. Por eso cuando lo hago, aunque sea breve, me sabe a gloria.

Reniego del día perruno que ha amanecido. Da mucha pereza salir de debajo del edredón pero como deje escapar el día no habrá quien me aguante. Las nubes también están perezosas para descargar. Preparo el equipo, trípode, algo de abrigo y en marcha.

Mucha gente en la pista, para disfrutarla hay que cruzarla casi al amanecer. Entonces no hay nadie. O entre semana, pero eso es complicado. Recuerdo cuando me daba el arrebato en Córdoba y me cruzaba la península por la N-IV y luego la N-II, y la 330 para llegar a Ordesa a beberme el otoño, o el invierno, y la primavera. Varias veces en un año. Llegaba casi al amanecer. Eso no tenía precio. Disfrutaba de los colores, del frío, de los sonidos. Después de 10 horas de coche, aturdido, abría la puerta del coche en el parking de la pradera, y me sentía transportado a otra dimensión. Todo me emborrachaba. Los sentidos no podían absorber tantas sensaciones ni mi ánimo tantas emociones. Cerraba mi mente, dejaba pasar el tiempo, la mirada en el infinito, los oídos, la piel, las entrañas… abandonado al momento… hasta que un ruido fuera del guión o un movimiento inesperado me pedían tomar algo caliente.

Después echaba a andar, sin rumbo a veces, otras por alguno de los caminos tantas veces pisados. Siempre estaba solo, a esas horas. Desde entonces el otoño, por lo que me dieron esos amaneceres, es siempre especial.

Un privilegio, ahora, disfrutar del Betato tantas veces como quiero.

Busca tu día.

Publicado 26 octubre, 2011 por luissroig en Excursiones, Paisaje

Midi D’Ossau, ruta Normal (Valle D’Ossau), Agosto 2011   4 comments

Vaya verano poco deportivo llevo. Con Ricardo poco operativo y yo poco decidido y con más ganas de descansar que otra cosa, estoy que no doy un palo al agua con las cosas del monte. Menos mal que José Ángel está necesitado de pastar por las alturas y podemos llegar a un acuerdo.

Con José Ángel mantengo una relación epistolar, fruto de los dos mil doscientos kilómetros que separan la Islas Canarias del Pirineo. Sin embargo ni tiempo, ni distancia, ni circunstancias personales parecen repercutir en que nos veamos con ilusión para tomar algo o atarnos para unas trepadas, que aunque no sean como las de antes siempre son interesantes.

Después de varios @s y de varias llamadas, finalmente encontramos el momento de coincidir  casi en el límite del calendario y de su fecha de vuelo. La propuesta de la ruta normal al Midí nos pareció bien a los dos. Un sitio por el que hemos bajado más veces de las que lo hemos subido, que además tiene su cosa porque no puedes relajar la atención. Lo bueno es que para lo transitado que suele estar nos vamos a encontrar a muy poca gente, se termina agosto y estamos entre semana.

El camino de las zetas lo subimos de memoria, casi reconociendo curvas, piedras y atajos. Sin prestarle demasiada atención porque lo que prima es ponernos al día de nuestras cosas. Charla que te charla, sincerándonos de las preocupaciones, contando ilusiones, reflexionando los sinsabores, recordando momentos, refrescado satisfacciones. Y sin darnos cuenta, otra vez Pombie. Cantimploras en la fuente y un bocado.

    

Soledad, nadie para el pedazo de día que nos hemos negociado.

Sol.

Enseguida llegamos al Coll de Souzón tras chemecar entre el caos de andesitas y otras magmáticas que se le caen al Midí. Después de eso el ritual del arnés, casco, los clin-clin del material y mirar con respeto a la primera chimenea. Todo es empezar, como lo de las pipas, para encontrarte a gusto y trepar en ese nivel que no sudas nada, que puedes pensar en otras cosas, llevar una conversación porque el cuerpo y el gesto están automatizados a lo que toca hacer, sin preocuparse demasiado.

Vamos ganando altura. Primera chimenea, Segunda, la más exigente (¿seguro que por aquí?), la tercera… Nos cruzamos a unos madrugadores que ya bajan. Un grupo nutrido, algún crío encordado con su padre (¿cómo lo habrá conseguido?) y una pareja de mayores, seguro que con más de 75 años, que se mueven allí con una soltura envidiable y que nos dejan perplejos. ¡A ver si llegamos a lo mismo que ellos cuando sea nuestro momento!

          

El Rein de Pombie se nos hace tedioso. Esa rampa final es interminable. Pesa la mochila, sobra el material, se calla la conversación, buf, buf, buf. Arriba nos asomamos a los abismos del corredor Pombie-Souzón, ahora iluminados por el sol y que tan siniestros son en invierno o al final del día. Vemos la cresta que une al Petit Pic con el Grand Pic, la cima de la Jean Santé, la Punta Aragón. Desde casi arriba todo se nos antoja pequeño.

     

Distraídos por los pasos de la arista cimera llegamos por fin a los 2.884 m. de la cima del Grand Pic.

Una cima siempre tiene algo, pero cuando tienes que llegar habiendo ido a cuatro patas una buena parte del camino, todo te sabe mejor. Abrazos, fotos, compartir la comida (la de José Ángel, que servidor hizo corto), disfrutar de la altura, recrearnos con las vistas. Momento disfrutón y a ver si la próxima cima juntos no se nos dilata 10 años.

          

La llegada de más gente nos anima a iniciar el descenso. Aquí hay de todo. Los que van equipados, los entusiastas que con un mínimo de material se aventuran en estas hazañas, y los destalentados de zapatillas y pantalón corto, los que al terminar el rapel de la segunda chimenea nos hacen sudar incertidumbres al verlos enriscados por el camino equivocado (menos mal que salen del apuro y no hay que llamar al 112).

El final del descenso lo realizamos con unos de Pamplona con los que nos reímos un rato. Hay gente que es realmente graciosa.

     

Terminamos el día como hay que terminarlo, con unas cervezas, conversación, algo de picar y esa pereza para ir a la ducha que sale cuando estás tan a gusto sentado en la terraza de casa mirando la inconfundible silueta del Telera.

Publicado 14 octubre, 2011 por luissroig en Alta montaña, Escalada

Pombie por Caillou de Socques (Valle D’Ossau), Agosto 2011   Leave a comment

Una hora razonable, fresquita para ser agosto y tempranera para escapar de los calores, y no desatender la prole que anda inmersa en las cosas de las fiestas de los pueblos, y ahora duermen.

Hace mucho que no salgo al monte, raro, muy raro, aunque desde hace unos años resulta que es lo habitual. Y eso no me gusta nada. ¡Cómo cambian las cosas aunque no quieras!

Esta vez, después del cansancio acumulado del viaje por Asia, de las fiestas de los pueblos y de otros vicisitudes, tengo la oportunidad de dar un paseo con Mar y con Fernando por los alrededores del Midí. Un camino que no he hecho nunca, sólo una vez me acerqué a él durante el invierno, un camino que es el que asoma desde la terraza del Refugio de Pombie, siempre a contraluz. Ni corto ni largo, con un desnivel amable y en buena compañía, sin tapujos.

Cruzar la frontera por este punto siempre tiene algo de iniciático. Es como un cambio de dimensión. Del progreso y del desarrollo que viene de la mano del turismo de nieve -con todo lo bueno y con todo lo malo que eso tiene- a la vida rural, pastoril y sencilla de este lado de la montaña. Cambia el paisaje, aparecen las hayas, las ovejas, las vacas, los caballos, la gente con mochilas, escaladores, pastores, senderistas, bicicleteros, moteros, furgoneteros…

Desde arriba, en la carretera, vemos el principio del camino. Bajamos al río. Nos sumergimos en el bosque. Busco las ramas que fotografié aquel invierno y que ahora veo todas las noches en mi dormitorio. Saludamos al ganado, vacas primero, ovejas después. Vemos a los pastores con su brío reagrupando el ganado. Asoma la mole rocosa de la sureste del Midi. La Aguja Jean Santé, el Dedo de Pombié, la Punta Aragón… al poco, entre el caos de unos derrubios, destellan los contraventanos rojos y el tejado plateado de Pombie, 2.032 m.

En la terraza, esas mesas en las que en otras ocasiones nos peleamos por pillar un sitio reclamado por todo el gentío, hoy nos esperan diáfanas. Almuerzo, conversación.

¡Qué calma!

Regresamos, y parece que no pasa el tiempo.

Publicado 13 octubre, 2011 por luissroig en Excursiones

Ibón bajo de Bachimala (Panticosa), Abril 2011   2 comments

Madrugar antes de que la casa se ponga en pie de guerra. Vencer la pereza matutina. Preparar cuatro cosas y en seguida llegamos al Balneario.

Es la primera vez en mucho tiempo que es casi imposible encontrar plaza de aparcamiento. Coches, coches y más coches. La plaza de bote en bote. Dada la hora tempranera no hay nadie a la vista.

No disponemos de mucho tiempo pero la imperiosa necesidad de estar sintiendo el corazón de las montañas me hacen buscar un destino cercano que me brinde ese placer. Panticosa reúne esos requisitos. En que has doblado la primera esquina ya tienes esa sensación. En seguida se gana altura, el paisaje es agreste, la morfología del granito hace muy salvaje el entorno aunque esté cruzado por el GR-11 y salpicado por la codicia inmobiliaria. El sonido de la fuerza del agua abriéndose paso entre bloques, y llevando al límite su capacidad erosiva configuran una banda sonora a la que se suma el trinar loco de los pájaros despertando al impulso del ciclo vital de la primavera.

     

En la sombra se camina bien, sin calores ni sofocos. La Cuesta del Fraile se vuelve amable, como nunca, y en poco más de hora y media, sin prisas y con alguna foto, llegamos al primer ibón represado de Bachimala. Frente a nosotros el nuevo refugio, en un lugar precioso, en medio del meollo, quizás un emplazamiento poco estratégico, más bien en zona de paso, pero de innegable sabor paisajístico.

Un helero tieso que termina en el agua del lago nos hace dar la vuelta y nos quedamos sin ver el ibón alto, el grande de Bachimala. La cosa de ir sin piolet.

Tres horas y media en medio de un sitio tal flipante. De vuelta nos vamos topando con muchos grupos que han tenido la misma idea que nosotros. Poco a poco parece que va llover.

Publicado 29 abril, 2011 por luissroig en Excursiones

Mirador de Sierra Plana, Lanuza (Valle de Tena), Abril 2011   Leave a comment

Le tenía ganas a este camino y nunca había encontrado la excusa para salvar el enorme desnivel que plantea una excursión sencilla. Una vez ya subí al mirador en bicicleta por la pista que va un poco más al Sur, y me pareció un cuestarrón de lo más respetable. Arriba, el repetidor de Telefónica tampoco lo convierte en el lugar con más lírica del valle, sin embargo el camino es sencillamente bonito.

     

Una vez que sales del denso bosque de coníferas y te abres a los pastos y tascas de altura dejas de escuchar el jaleo que montan pájaros y rapaces, que hay que ver lo bulliciosos que se levantan los señores, para, con los reyes del sigilo, asombrarte ante la carrera de un zorro que ha pillado desayuno, o ante las atónitas marmotas que, perezosas ellas, salen a la carrera tripudeando para escapar de quién consideran una amenaza.

     

El sendero entre las tascas no está demasiado pisado, poca gente subirá por aquí. El día es fresco, ideal para caminar, no nos sobra el abrigo.

Después de un invierno con poca actividad, estos paseos me devuelven las ganas de empacharme con los espacios abiertos, de sentir el frío en la cara, de mirar lejos y ver inmensidad, de reconocer cimas por la que ya he estado y de almacenar ganas para ir a las que no conozco.

Publicado 21 abril, 2011 por luissroig en Excursiones, Paisaje

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